PUNTO DE VISTA: MORAL Y CIVICA

 

 

La Moral y Cívica es la materia formadora de los valores que engrandecen a la persona y a una sociedad. En primer término, el hogar es el reflejo de esos valores que el hombre lleva consigo hasta la muerte. El niño aprende sus primeras lecciones por imitación, sin percatarse si el espejo en el cual se mira, tiene una luna bruñida o su luna está empañada por los vicios y la degradación.

Sin embargo, es la escuela la responsable ante la sociedad de entregar ciudadanos probos, idóneos y patrióticos. No aquellos que hacen de su patriotismo un mero slogan de campaña electoral, sino aquel que encamina sus actos a la superación de su persona, y por ende, el de la sociedad. Hombres honrados en lo que manejan y en el cumplimiento de su palabra; honestos en sus actos y rectos en sus decisiones. Idóneos por su mérito en el desempeño de sus funciones.

El desarrollo de las materias curriculares, deben estar cimentadas en valores: cooperación, respeto, responsabilidad, superación, autoestima. Las normas de cortesía deben ser como el aire para las necesidades del cuerpo, o como la oración para el fortalecimiento del espíritu. Si las descuidamos corremos el riesgo de morir. El maestro es el báculo del camino, el sostén y cimentador de todas estas virtudes, pero para tal efecto, su ejemplo debe hablar más que sus palabras. Nada que no esté fundamentado en el ejemplo, tiene validez alguna; es una simple hipocresía que desconcierta al corazón y divide la razón.

He conocido maestros que dan la teoría de la materia, pero no la ponen en práctica, ni ellos ni sus alumnos. Otros, ni siquiera la planifican, ocupando el período para que sus alumnos jueguen o recojan basura. Al referirse a los héroes de la Patria, se concretan a sus biografías, pero no al espíritu que encierra su heroísmo, ni al legado moral de sus acciones, ni cómo sus gestas tienen valor en nuestras vidas. No han enseñado a entonar correctamente las sagradas notas de nuestro Himno Nacional, con fervor y patriotismo, siendo ellos los primeros en estar platicando o riéndose al momento de alabar a la Patria.

Las aulas están llenas de cintas de cartulina con citas de normas de cortesía o de educación. Por ejemplo, “No sentarse sobre las mesas”, pero el maestro se sienta en el escritorio. “No comer en clase”, pero él explica la lección con una enchilada en las manos; “No gritar”, pero él queda afónico de tanto grito y de malos tratos a sus alumnos. Larga sería la enumeración donde el ejemplo descalifica a la palabra. Entonces, ¿cómo infundiremos valores, si nosotros no los practicamos?

Por sus múltiples temas, tendientes todos a la formación de ciudadanos que dignifiquen su persona, a la sociedad y a la Patria, con su honestidad, honradez, decoro, valor, rectitud, la materia de Moral y Cívica no debería ser impartida por maestros carentes de esa fuerza interior que ilumina el carácter de las personalidades robustas, pues ello produce mediocridad espiritual.

La Moral y Cívica, ha tenido en el desarrollo de los planes de estudio, un mediocre desenvolvimiento, y ha sido objeto de abandono en las supervisiones, denotando, de este modo,  la falta de interés por el rescate de valores. Vale más que el alumno sepa cuánto es “dos por dos”, y no que ingrese a su personalidad el valor de la responsabilidad o de la honradez.

Es sólo cuestión de asomarse a la celebración del 14 de septiembre, para observar la pérdida de los valores civiles y patrióticos. Al tomar la “Promesa a la Bandera”, los alumnos levantan la mano por automatismo, por imitación, sin asomos de reverencia ni de fuego en el corazón. Dicen: “Sí, prometo”, riéndose, masticando chicles, plati-cando con el compañero (eso los que levantan la mano, porque muchos ni cuenta se dan, o están en cuclillas, si no fuera de las filas, bebiendo agua o disfrutando un eskimo). Los maestros no ponen atención a este desagravio a la Patria, porque ellos están en igual situación, en grupos bajo sus parasoles, contando chistes o criticando al que va y al que viene. La gran mayoría de los docentes asisten a este acto, por compromiso o temor al memorando, pues el valor patriótico no hace palpitar sus corazones ni hervir la sangre en sus venas. Si el maestro tiene hielo en su corazón, ¿cómo podrá infundir calor en el corazón ajeno?

Yo pienso que esta materia debería ser la más primordial entre las del pensum académico de cualquier grado de primaria o secundaria. Debería ser la piedra angular de la educación, requisito insoslayable para lograr una promoción. El valor moral es la característica más elevada de la hombría y de la personalidad; el valor de buscar y proclamar la verdad; el valor de ser justo, de ser honesto; el valor de resistir a la tentación; el valor de cumplir con el deber. Si los hombres y mujeres no poseen esta virtud, es difícil que posean ninguna otra.

¡A cuántos hombres de cerebro privilegiado, no hemos visto en la televisión, o en las calles, que admiran por su discernimiento y facilidad de hablar, por los conocimientos de los que hacen gala, pero que sin embargo, son una inmundicia en cuanto a valores adquiridos: deshonestos, fraudulentos, injustos, irresponsables; falsarios, vulgares (referido a lo soez), maleducados y descorteses; serviles y venenosos. ¿Qué futuro podemos esperar de tal desastre? Es como apunta la iglesia: “Salvar el cuerpo para perder el alma”.

El colmo es que hasta el ciudadano de más alto rango de la República, que debiera dar muestras del mayor civismo, es quien irrespeta los símbolos patrios, utilizando la Bandera como capa o para escribir en ella acuerdos políticos, o bien degenerando la forma del Escudo Nacional en una forma sicodélica. Y el Acalde de Managua, utilizando el pabellón para cubrir una estatua. Si las principales autoridades del país irrespetan así los símbolos patrios, ¿qué se puede esperar de la ciudadanía y de los alumnos en particular? Y en un acto de servilismo, se ha regalado hasta el patrimonio Nacional.

En las escuelas y colegios hay mucho que hacer al respecto. El famoso “Decálogo de valores”, que promueve el Ministerio de Educación, se observa en los salones de clase, más como adorno que como fundamento para el desarrollo de la personalidad. Los maestros lo pasan por alto, no le brindan un instante de reflexión, ni lo inserta en las materias curriculares. Ignoran el amor, la compasión, la honestidad, la verdad; la responsabilidad, el orden, la integridad; la autodisciplina, la lealtad, el respeto, la pulcritud y el trabajo.

¡Qué grandioso sería, que un alumno, a la par de la sapiencia obtenida de los libros y de la enseñanza de sus mentores, llevara consigo todas esas virtudes: el amor a sí mismo, al prójimo, a la Patria; el amor a sus padres, a la naturaleza y a su Creador. Que la compasión guiara sus pasos sin que su corazón fuera de hielo, ante tanta ingratitud. Que fuera honrado, para consigo mismo en sus actos; para con los demás, en sus palabras y sentimientos, desechando la hipocresía y la adulación; avanzando por méritos personales sin que alguna sombra nefasta le cubra su sol! ¡Qué grandioso, que la verdad no anudara su lengua ante las injusticias, ni escondiera su esencia para adular a los grandes y a los pequeños (según la necesidad); que fuera fuerza y valor de un carácter incorruptible! ¡Cuánto ganaríamos con la responsabilidad de sus actos, con la satisfacción del deber cumplido, sintiendo que su aporte, es un grano de arena importante en el engrandecimiento de la Patria! Y si hablamos del orden, podemos decir que la persona ordenada, pocos tropiezos tendrán en su vida o sabrá, si los tiene, sortear esas dificultades con honestidad y claridad. Sabrá ordenar sus apetitos y sus ideas; sabrá ordenar su casa, y de ello dependerá si sabrá ordenar una Nación, llegado el caso. ¡Qué honroso para una persona, el pasar por el mundo, sin tacha, íntegro en sus juicios; íntegro en sus decisiones, justo y sin doblez. Un hombre que no es impulsivo, que sabe dominarse a sí mismo, no se deja arrastrar de un lado a otro, según el deseo que impere por turno, sino que se domina y se rige por la acción conjunta de todos sus sentidos reunidos, ante los cuales cada movimiento debe ser ampliamente debatido y fríamente determinado; y ello se consigue mediante la educación, por lo menos, mediante la educación moral.

Y el hombre con una alta moralidad, es leal para con sus sentimientos; es leal a la palabra dada. Conoce el alcance de sus conocimientos o de sus facultades y no ostenta méritos que no posee. Por último, podemos decir, que de la escuela, el hombre debe salir respetuoso para con sus semejantes, de la opinión ajena, de las Leyes que rigen la Nación; respetuoso en su hogar y de las decisiones de sus hijos. Asimismo debe aprender a tener pulcritud en sus trabajos, en sus ideas, en su vestir y en su manera de hablar. Pulcritud no es afectación, sino buen gusto, sentido del orden y de la exactitud. Y lo más importante: trabajador. El trabajo es uno de los mejores educadores del carácter. Estimula y disciplina la obediencia, el dominio de sí mismo, la atención, el cuidado y la perseverancia; proporciona al hombre la destreza y habilidad necesarias, para su especial vocación, y la inteligencia y capacidad útiles para resolver los asuntos de la vida ordinaria.

El trabajo es la ley de nuestra existencia; el principio vital que hace progresar a los hombres y a las naciones. El trabajo puede ser carga y castigo, pero es también honor y gloria. Todo lo que es meritorio en el hombre, procede del trabajo, y su producto es la civilización. Donde el trabajo es abolido, la raza de Adán recibe inmediatamente un golpe que significa la muerte moral. La ociosidad es la maldición del hombre; no el trabajo.  La ociosidad muerde el corazón de los hombres y de las naciones y los consume como el orín al hierro. No existe quizá otra tendencia de nuestra naturaleza, que haya de ser más vigilada que la pereza. Es ingénito en el hombre el deseo de disfrutar de los productos del trabajo sin participar de sus fatigas. El deber de la laboriosidad compete a todas las clases y condiciones de la sociedad. Todos tienen tareas que desempeñar, dentro de sus respectivas esferas de la vida: los ricos como los pobres.

Todo esto y más, es obligación de los maestros, inculcar en sus alumnos, diaria y a cada momento; con la palabra y el ejemplo. Por eso, repito, la Moral y Cívica debe ser prioridad en todos los centros educativos y no sólo una materia de relleno, tal como hasta el momento se ha visto. El alumno que carezca de los conocimientos y prácticas de esta materia, no debería ser promocionado, pues de nada sirve el conocimiento sin la virtud. Ejemplos no faltan de gentes groseras, hipócritas, maleducadas, irrespetuosas, soberbias, en las altas esferas, como en las demás ramificaciones del Estado y entes privados. Por todo ello, no hagamos de la Moral y Cívica una materia para recolectar basura física, sino para evitar que la basura se deposite en nuestro espíritu e infecte nuestro corazón.

 

José Ramón Pinell

Profesor y escritor.*Tel 713 6368